Existe una tendencia general a considerar ‘literarias’ únicamente las expresiones artísticas que están vinculadas con lo que tradicionalmente llamamos ‘literatura’: obras, generalmente ficcionales —afirmación muy discutible—, intensionalizadas (o plasmadas) a través de un texto escrito o, en ocasiones, oral. De hecho, aunque suele decirse que la ficción no es un componente indispensable para construir un texto literario, sí es cierto que, en sí mismo, es un elemento puramente literario. Sin embargo, al igual que la ficción hoy en día vuela más allá de las palabras, también la literariedad ha logrado trascender la barrera del texto escrito.

Si algo ha quedado claro desde los inicios del cine hasta nuestros días es que el avance tecnológico viene acompañado de una ampliación de las posibilidades de lo que conocemos como ficción. Aunque a priori parezca contradictorio, la ficción resulta un mecanismo indispensable para comunicar verdad a partir de la creación y de la invención. Verdad, como decíamos en las últimas líneas de la anterior entrada, que es muy distinta a la histórica o la periodística porque, a diferencia de estas, no se detiene en los asuntos particulares de nuestra vida diaria, sino que abarca problemas de carácter general que, si bien no han ocurrido, sí podrían suceder perfectamente en un futuro próximo. La ficción, por tanto, es un recurso ligado a nuestra naturaleza humana, un mecanismo de expresión del que muchas veces nos valemos para eludir los vetos del tabú social o de lo políticamente incorrecto. La ficción nos acompaña y, por consiguiente, no es de extrañar que haya evolucionado junto con nosotros y con la tecnología que hoy forma parte de nuestra cotidianidad de forma tan activa que, prácticamente, sería inconcebible nuestra vida sin ella.

Este progreso ya resultó explícito con el surgimiento del cine a principios del siglo XX. El salto de la frase escrita a la imagen puso en alarma a muchos apocalípticos (vuelvo a citar también esta semana a Eco), que vieron en el cine el verdugo de la literatura. ¿Para qué leer cuando uno podía ver con sus propios ojos aquello que antes tenía que esforzarse en imaginar? Sin embargo, aunque el cine tomó prestados muchos recursos de la literatura y los adaptó a sus necesidades narrativas, el tiempo demostró que el cine jamás desplazaría a la literatura por ser un discurso que, lejos de haberla superado, se había configurado con un lenguaje diferente al del texto literario y había logrado establecer con éste fuertes lazos retroalimentativos de influencia.

En el siglo XXI, vamos un paso más allá. La tecnología ya no sólo nos permite, a través de la imagen, ver en lugar de imaginar. El salto está, ahora, en pasar de la contemplación a la acción, de la tercera persona a la primera. El videojuego —o la ficción interactiva, como lo llaman algunos— intenta, aprovechando las posibilidades de la tecnología, integrar al receptor dentro de la historia, hacerle partícipe y, en casos más extremos,  agente y creador de la misma.

Se trata de una nueva forma de contar cuyo discurso —pese a verse fuertemente influenciado por el de la literatura o el cine— supera la contemplación y camina hacia el intento de llevar al límite la frontera entre ficción y realidad. En estas manifestaciones, la narrativa avanza debido a las acciones del receptor dentro de un mundo virtual, de tal manera que en determinados juegos resultan imprescindibles las decisiones personales que un jugador pueda tomar.

Ahora más que nunca las posibilidades tecnológicas permiten un mayor grado de experimentación en lo que respecta al desarrollo de nuevas técnicas narratológicas. El discurso de la ficción interactiva permite ya crear personajes cada vez más redondos y complejos y estructuras propias que alumbran productos narrativos de calidad, en los que en ocasiones podemos encontrar tanta literariedad como la que puede contener una buena novela o film. Por ejemplo, uno no puede evitar empatizar hasta el borde de la lágrima con un personaje tan humano como Joel (The Last of Us), padre sin familia en un mundo postapocalíptico y protagonista de una historia que, más que relatar una aventura, pretende hacer partícipe al jugador de la complejidad de la relación entre sus personajes (que es la que, a fin de cuentas, termina encauzando el final de la narrativa). Pienso que este propósito, el de hacer prevalecer a los personajes y sus relaciones por encima de la propia aventura, es buena muestra de los frutos de la aplicación del avance tecnológico en el campo de la narrativa. Si bien ya en las primitivas formas de los ochenta se intentaba hacer del videojuego un producto ficcional, lo cierto es que la narrativa, en estas manifestaciones, estaba al servicio de las limitadas posibilidades técnicas. No es hasta finales de los noventa cuando los mecanismos tratan de ponerse al servicio de la historia, aunque con muchos condicionantes y restricciones. El potente avance tecnológico de esta última década ha permitido, en buena medida, la superación de muchas de estas limitaciones, de tal manera que los recursos técnicos empiezan a moldearse y a adaptarse de forma más eficiente a las necesidades de la narrativa. Esta evolución no sólo posibilita un refinamiento y mejor aprovechamiento de las habilidades informáticas, sino que permite a la ficción expandir sus horizontes más allá de la plasmación de una serie de peripecias.

El videojuego, a día de hoy, comienza a ser un producto capaz de abordar problemas humanos, de ahondar en cuestiones profundas y de alumbrar, como la literatura o el cine, verdades generales a través del cuidado de la verosimilitud dentro de la ficción que posibilita el actual progreso tecnológico y que muchas veces ayuda a dotar de complejidad y calidad literaria al producto en cuestión. De esta forma, las ficciones interactivas, como hizo el cine en su momento, comienzan a encontrar su propio discurso narrativo y a amoldarlo a sus posibilidades y, para ello, no dudan en establecer fuertes diálogos con otras artes de naturaleza narrativa (como el cine y la literatura) que, en ocasiones, resultan retroalimentativos: sólo hace falta observar la cantidad de videojuegos a partir de los que se ha lanzado al mercado una película o que han generado paratextos literarios en formas de novela o cómic que completan los lugares de indeterminación o vacíos de información de la historia que cuenta el juego en cuestión. Es el caso, entre otros ejemplos, de World of Warcraft¸ cuyo universo fantástico ha generado cerca de veintidós novelas, un libro de crónicas, decenas de relatos, vídeos, narraciones orales y demás material transmedia e incluso, en este año 2016, una película de fuerte proyección comercial, apoyada en una gran campaña de marketing.

Sin embargo, aunque cada vez se reflexiona más sobre las posibilidades que ofrecen estos nuevos productos narrativos, lo cierto es que el videojuego se sigue considerando, a nivel general, una forma de ocio y se encuentra lejos de ser aceptado y estudiado de forma seria dentro de la clasificación de las artes. Quién sabe, quizá llamar la atención de los más escépticos sólo sea cuestión de tiempo y recursos.


            

Autor de la foto: Micaela Lucic

Es curioso. Hoy, en la era de la tecnología y los avances. En una época en la que la palabra creer ha sido desterrada de nuestro vocabulario en favor de saber, la literatura sigue configurándose como ese artefacto casi mágico que, de manera inexplicable y con un poco de genio, consigue en ocasiones volver a jugar con nuestras mentes. Aunque cada vez el reto es mayor en esta sociedad escéptica y sobreinformada —y justamente por eso a la vez desinformada, diría Umberto Eco, y excesivamente atrevida, añadiría yo—, todavía algunas fórmulas fantásticas o inquietantes conservan el poder de atrapar al lector entre las garras de lo imposible tras haber provocado, de forma magistral y sin dejar rastro, la suspensión de la natural incredulidad que caracteriza al receptor de hoy como ciudadano del siglo XXI.

               Sin embargo, aunque uno rara vez puede resistirse a abandonarse al ya casi extinto placer de verse, de pronto, convencido de aceptar como verosímil lo que es, no sólo inverosímil, sino evidentemente imposible; lo cierto es que las tendencias lectoras de nuestra época responden a necesidades propias de una sociedad que justifica su propio desarrollo y evolución a través del progreso científico y que encuentra absurdo definirse a sí misma sin aludir a lo empírico. En este contexto sin lugar para el creer, la literatura adopta de forma natural las reglas del juego social y adopta el realismo como religión y la verosimilitud como credo. La magia, hoy y de forma general, ya no se encuentra en hacer  creer al lector, sino en hacerle saber, aunque la forma literaria del texto en cuestión suscite las mismas o más (y todavía más cuestionables) inseguridades y preguntas acerca de la veracidad de una obra que, a priori y por su estilo, parece haber estado, si no totalmente, sí parcialmente sacada de la inventiva del autor.

            Es, en este contexto del saber en el que toma relevancia la literatura de la no-ficción: formas, a menudo narrativas, que intentan situarse justo en la frontera exacta que separa lo ficcional de la realidad efectiva. Se trata de contar la realidad con fórmulas propias de la ficción: de hacer saber al lector lo que ocurrió y de hacerle creer —a ser posible, maquillando este creer con la pertinente objetividad para asemejarlo a un saber— que ocurrió de una determinada manera; con el rigor, la precisión y el detalle que sólo la ficción es capaz de alcanzar.

Dentro de la literatura de la no-ficción merecen mención especial las novelas de la no-ficción, formas que parten, generalmente, del periodismo y que conservan algunos antecedentes estructurales propios de la novela policíaca. Pero, en este punto, parece relevante destacar que la literatura de no-ficción no sólo mantiene una vocación a partir del sesgo periodístico. También podemos ubicar bajo su amplio espectro de concreciones otros tipos de manifestaciones alejadas  de la prensa e incluso de la novela:  la biografía, autobiografía, ciertas clases de ensayo o incluso —me atrevería a añadir— gran parte del género lírico. Clases de obras, todas ellas, literarias que intentan, a través de los engranajes de la ficción, crear un producto capaz de alumbrar verdad.

            Sin embargo, actualmente, la no-ficción con más proyección editorial es la denominada ‘novela de la no-ficción’, comúnmente considerada hija legítima de Truman Capote y Tom Wolfe. Lo cierto es que estos relatos reales o novelas de la no-ficción, en contra de lo que se piensa, no son un invento exclusivo del siglo XX. Desde mucho antes del New Journalism americano y de Truman Capote, incontables escritores han sentido, como un prurito vibrante, la necesidad vital de contar verdad a través de la literatura (sin tener en cuenta a Rodolfo Walsh, que casi una década antes de la publicación de A sangre fría ya empleó en Operación masacre mecanismos muy similares a los que posteriormente utilizaría Capote). Sólo hace falta volver la mirada por un segundo al siglo XIX y observar cómo periodismo y literatura establecían fuertes lazos retroalimentativos. Así como es imposible, por ejemplo, comprender el panorama literario español  del XIX sin Juan Valera o Clarín, también resulta absurdo desligar sus respectivas producciones literarias de la labor periodística que, más allá de cualquier etiqueta o denominación, ejercían como escritura pura, bajo la bandera —que posteriormente agitaría Rubén Darío— de que «El periodista que escribe con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera». No hay que olvidar, empero, que en siglos venideros el periodismo se articularía con un lenguaje muy distinto al de la ficción, formal y objetualmente, de tal manera que prensa y literatura serían consideradas dos realidades distintas —para algunos, como Tom Wolfe, incluso opuestas— y que por ello mismo Capote reclamaría la patente del Nuevo Periodismo y se proclamaría pionero en conjugar la tan utilizada fórmula sin claro resultado: caso periodístico + recursos ficcionales = ¿periodismo literario o literatura sin ficción?

            Es, en esta contradicción, donde reside la pregunta: ¿para qué utilizar los mecanismos de la ficción, capaces de abarcar una serie de detalles imposibles para asegurar la objetividad extrema en un texto, cuando la realidad ya posee su propio lenguaje para ser expresada? ¿Qué gana el escritor novelando una noticia, exponiéndose al dedo acusador de la crítica que le culpará de estar faltando a la verdad periodística por convertir a una persona en un personaje y pensarse en el derecho de plasmar en su texto sus pensamientos bajo la falsa promesa de que todo lo que se cuenta es la pura realidad? Pues gana precisamente eso: entrar al juego de la literatura, no directamente desde el intento de hacer creer al lector que podría existir un hecho, de entrada, inexistente, sino desde una posibilidad inexacta y subjetiva que llega disfrazada de la exactitud y objetividad propias del saber periodístico y limitado. Lo que viene siendo, en román paladino, mostrar al receptor una realidad efectivamente acontecida pero modificando y recreando, de forma literaria, aquellos detalles que, por su naturaleza (diálogos, pensamientos, entre muchos otros), jamás podrían ser recogidos con objetividad por el periodismo.

            En resumidas cuentas, la literatura de la no-ficción, paradójicamente, permite continuar con el juego social de la objetividad y el rigor a través de la imaginación y la recreación, sumergiendo al lector, que desde un principio se creía en el saber más absoluto, en la duda, el recelo y el cuestionamiento constante de aquello que le habían prometido como verdad, que en ocasiones no parece más que una mentira disfrazada que intenta hacerle creer de nuevo en una posibilidad.  Entrar en el barrizal de verdad, mentira o ficción conllevaría desviar el tema de estas líneas, que no pretenden ser más que una pequeña reflexión. Pero como creo que sería, cuanto menos, de mala educación escurrir el bulto así, de esta manera tan descarada, cuando las cosas se ponen un poco complicadas, cierro la entrada con la palabra de escribir algo sobre el tema más adelante y con esta brillante cita con la que Vargas Llosa, en La verdad de las mentiras (1990) es capaz de insinuar la resolución, en menos de cuatro líneas, del misterio contradictorio de la ficción: «La recomposición del pasado que opera la literatura es casi siempre falaz. La verdad literaria es una y otra la verdad histórica. Pero, aunque esté repleta de mentiras —o, más bien, por ello mismo— la literatura cuenta la historia que la  historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar».






Quiero compartir hoy con vosotros estas tres nuevas adquisiciones que descansan, desde el viernes, en mi estantería. Aunque son libros de segunda mano, todos ellos están casi en perfecto estado y alguno incluso viene  introducido y anotado. ¿Lo mejor? Que he pagado por ellos lo que he considerado oportuno y que ese precio no sólo ha cubierto nuevos huecos en mi pequeña biblioteca personal, sino que también ha contribuido a otro fin, si cabe, más satisfactorio.

        Os voy a hablar en esta entrada de un local magnífico: se trata de una librería en la que los libros tienen el valor que el comprador considera que deben tener. Sin embargo, este establecimiento no funciona como un comercio al uso, sino como un proyecto benéfico que pretende, sin ánimo de lucro, promover la cultura y la lectura con  el fin de contribuir a mejorar la formación de los beneficiarios.

     Esta tienda solidaria actúa de la siguiente manera: cualquier persona puede acudir a este establecimiento y llevarse un puñado de libros (los que quiera) a cambio de un donativo solidario (el que el contribuyente considere) que va destinado al envío de libros y material escolar a colegios, bibliotecas, hospitales, orfanatos y otros centros, sufragar becas comedor y una larga lista de propósitos que tienen como último fin acercar la cultura a los sectores más necesitados de ella. Asimismo, cualquiera también puede contribuir a este proyecto llevando a una de estas librerías aquellos libros en los que no está interesado o que ya no necesita, o presentándose como voluntario para trabajar, de forma solidaria, en este establecimiento un par de horas a la semana.

     Os dejo la web del proyecto, donde podréis encontrar la relación de centros que están siendo objetivo de estas donaciones, las cuentas de cada mes desde el inicio de este plan educativo y mucha más información que puede ser de interés. Os invito a buscar cualquiera de estas librerías en las que estoy segura de que podéis encontrar verdaderas joyas cuyo valor va mucho más allá de lo físico y que cuya compra, sin duda, constituye una verdadera y grata experiencia satisfactoria a nivel personal.


Nuestra propia sangre es una novela escrita por Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954) y condecorada con el XII Premio Francisco García Pavón de Narrativa, que podemos englobar en la tendencia que hoy llamamos ‘non fiction novel’. Como no podía ser de otra manera, la inquietud periodística de Sánchez Soler brilla por encima de la ficción novelesca, tanto estructural como semánticamente, configurando un relato cuya esencia se ancla en la presencia de la realidad que subyace, latente, en los cimientos más básicos de la obra.

       Valiéndose de un lenguaje sencillo y directo y de una sintaxis con un fuerte componente paratáctico, Sánchez Soler construye una novela que gira sobre el eje testimonial propio del periodismo de investigación y aborda la historia de un parricidio motivado por una conjura familiar. De esta manera, el autor crea su relato valiéndose de una estructura original que, en buena medida, concede la verosimilitud requerida y aleja cualquier atisbo del Yo narrador que pudiera contaminar la historia del componente ficcional. Cada capítulo contiene la voz y el testimonio directo de cada uno de los protagonistas sobre unos hechos que, en contra de lo que acostumbramos, no se presentan relatados, completamente, de manera lineal, sino que ofrecen distintos giros en forma de retrospecciones y anticipaciones, los cuales se ven complementados y contrapuestos a través de las diversas declaraciones de los protagonistas.

      Sin duda, el estilo sencillo, directo y sin rodeos, la sencillez de su estructura y la intensidad, sordidez y crueldad excesiva de los hechos relatados contribuyen significativamente a agilizar e intensificar una lectura que, sin problemas, puede ser completada en un par de horas y que deja un buen sabor de boca.

       Sin embargo, esta vertiginosidad a la que Sánchez Soler nos expone no carece de contras en sus claroscuros. Si bien es cierto que la estructura testimonial de la obra ayuda al lector a juzgar su posible veracidad, no podemos olvidar que estamos ante un relato novelado que no funciona como una crónica o testimonio directo. A este respecto, el autor no parece ser capaz de escapar en determinadas ocasiones de su objetividad periodística a la hora de dar voz a los diferentes personajes, provocando de esta manera que todos ellos tengan la edad que tengan hablen desde un mismo registro y tono sin variación. Este hecho, sumado a la descontextualización de los protagonistas y  las situaciones en las que ofrecen su testimonio, suscita un cierto desconcierto en el lector, que a veces no identifica qué familiar habla ni desde dónde hasta que el contexto narrativo lo especifica puntual, vaga y residualmente. Además, la sintaxis resulta, en algunos momentos, excesivamente paratáctica, directa y objetiva puesta en boca de unos protagonistas que narran una tragedia; hecho que resta introspección y profundidad a los personajes y perjudica la conexión empática con el receptor.

       Pese a estas puntualizaciones, es innegable el laborioso trabajo de documentación y la profesionalidad con la que el autor estructura una novela que, desde el primer momento, requiere un ritmo de lectura rápido y ligero, correspondiente a su carácter directo y avasallante con el receptor. Sin duda, con Nuestra propia sangre Sánchez Soler consigue atrapar y absorber desde el primer momento al lector, que termina imbuido por la curiosidad y siente la necesidad imperante de recoger todas las migajas desgranadas por el autor para completar cada una de las versiones y perspectivas de un caso que funciona como un ejemplo práctico de aquella vieja y popular cuarteta de Ramón de Campoamor que reza: "En este mundo traidor/nada es verdad ni mentira/todo es según el color/del cristal con que se mira".


                



Donde nadie te encuentre es una novela de corte histórico, escrita por Alicia Giménez Barlett (Almansa, 1951) y condecorada en 2011 con el Premio Nadal. A través de la prosa de Giménez Barlett, viajamos a los años cincuenta de una España lacerada y malherida por las consecuencias de la Guerra Civil. En este contexto y desde una perspectiva omnisciente, nos situamos en el núcleo central de la acción, dirigido por Lucien Nourissier y Carlos Infante: el primero, un psiquiatra francés que viaja a territorio español en busca de información sobre el extraño caso de La Pastora, una maquis intocable, de género dudoso, acusada de veintinueve muertes y convertida en una verdadera leyenda en el territorio catalán por su gran habilidad y profesionalidad para escabullirse de la Guardia Civil. El segundo, un periodista e intento de escritor que guía los pasos y relaciones de Nourissier en busca de testimonios que puedan revelar el paradero del maquis en cuestión.

       La novela de Giménez Barlett mantiene una estructura peculiar: desde el principio se intercalan capítulos cuya naturaleza ya se distingue, a simple vista, por un evidente cambio tipográfico. De esta manera, la novelista introduce durante toda su obra el testimonio histórico —y según se nos explicita al final del relato, también real— que recoge la vida de Teresa Pla Meseguer (La Pastora), el cual completa en unas breves notas con las que se pretende ratificar la veracidad de la información referida a este personaje histórico y, asimismo, diferenciar este testimonio de los hechos ficcionales que transcurren en la novela.

       Sin duda, el relato explicitado por Giménez Barlett queda justificado con exhaustivo rigor, lo cual dota de un notable valor histórico y documental a la obra de la novelista. Sin embargo, este documentalismo es, precisamente, lo que desplaza la ficción a un segundo plano subsidiario y complementario. Sin duda, la narración literaria nos ayuda a acercarnos al personaje de Teresa, pero, como contrapunto, nos aleja de los protagonistas de una ficción repetitiva y eterna que se resuelve en una catarsis imprevisible y vertiginosa con la que la autora pretende dar la vuelta al relato, aparentemente, de manera improvisada. Como lectores, no podemos evitar sentirnos engañados cuando echamos la vista atrás para encontrar, sin éxito, las pautas o indicios que marquen, de manera oculta, un clímax tan arriesgado.

       Asimismo, también cabe hablar de la falta de redondez de los protagonistas ficcionales de la novela. Tanto el doctor como el periodista se nos antojan, desde el principio, unos personajes maniqueos, llenos de tópicos: el francés como un idealista remilgado, bien posicionado y excesivamente ingenuo y educado que se encuentra de bruces con la realidad en un país arrasado por la miseria, en contraposición al español, humilde, cínico, interesado y, aparentemente, descorazonado, que intenta alcanzar su redención a través de la causa de su compañero. Aunque sí es cierto que tanto Nourissier como Infante sufren determinadas evoluciones a lo largo del relato, éstas resultan previsibles y, de algún modo, estancan la narración en la repetición. Las situaciones desarrolladas durante la investigación en las diversas poblaciones parecen cortadas todas por un mismo patrón y, junto a la falta de vivacidad de unos personajes cuyos diálogos y roles resultan algo reiterativos, esperables y despersonalizados, contribuyen a crear una sensación de atoramiento durante la lectura.

       Sin embargo, en contraposición a la pura ficción novelesca, el personaje de La Pastora gana un protagonismo vital. Su historia, llena de aventuras y vicisitudes diversas, atrae nuestra atención por encima de la trama principal conductora. La personalidad fuerte e introspectiva de Teresa Pla Meseguer nos hace percibirla como un personaje profundo y único que capta y desarrolla, en todo momento, la esencia que su historia personal requiere. Mientras que con Nourissier e Infante tenemos la sensación de que sus cambios evolutivos han sido forzados junto con el devenir de los hechos, entendemos a la perfección el pensamiento, el cambio de actitud y las indecisiones de La Pastora en todo momento, hecho que consigue acercar al lector a la historia nuclear y sensibilizarlo con los acontecimientos atroces y situaciones que en ella se relatan.

       Parece indiscutible que Donde nadie te encuentre es una obra en la que la realidad gana, con creces, a la ficción novelesca. Un testimonio que, con su lectura, nos hace sentirnos privilegiados como cómplices de una historia real hecha leyenda, cuya verdadera cara ha permanecido oculta bajo el testigo de la ficción legendaria y la hiperbolización, legado y susurrado de boca en boca durante décadas bajo la presión inocente del miedo a lo desconocido.
           


Ilustración de realizada por Ana (Myrei):
http://dibujando.net


Hay algunos locos que dicen que somos la pintura imperfecta e inacabada de un Dios que se miraba al espejo mientras retrataba su imagen en un lienzo. Eso explica muchas cosas y, sin duda, da para pensar un buen rato, quizá unos cuantos años; lo cual está muy bien para sacudir de la mente las cosas realmente importantes y trascendentales de la vida, como el dinero, los derechos animales, el deporte o el rostro del nuevo político de turno que ostentará con perseverancia el difícil cargo de calentar la mejor pagada y reputada silla del país en cuestión. 

            El caso es que, si reflexionamos durante unos instantes, podemos llegar a la sorprendente e inaudita conclusión de que el ser humano se asemeja, en cualidades, más a Dios que al primate, aunque, pensándolo bien, esta semejanza con lo divino y su consecuente diferencia con lo animal únicamente se produce cuando dejamos de pensar en lo importante de la vida y nos abandonamos a la poco productiva tarea de indagar en lo inexorable.

            El hombre, durante toda su existencia, se ha visto abocado a continuar una incesante e interminable lucha por alcanzar el saber de todas las cosas ligado a lo divino. Como un dios, ha creado y, además, se ha preocupado por su creación. El hombre, como nuestro Dios, se ha pintado a su imagen y semejanza mientras se miraba a un espejo. Lo que ocurre es que el hombre, a diferencia de Dios, es imperfecto y es por eso que su pintura, más imperfecta todavía que él, no ha podido trascender los límites del lienzo o el papel.

            Todo esto es lo que dicen del hombre y de Dios los que piensan mucho pero en cosas poco importantes. Lo que pasa es que yo me creo a medias todas estas patrañas porque, en definitiva, ya estoy mayor y, aunque también me da por pensar a veces, yo siempre he sido más de saber sin saber por qué.

            Yo sé, aunque no sé por qué, que, de alguna manera, aquello que creamos sí trasciende su soporte, aunque no de la forma que esperamos. Es por esto que me gusta tanto frecuentar los mercadillos anuales de libros de segunda mano que se organizan en mi ciudad. A mi edad, he tenido libros de múltiples naturalezas: nuevos, prestados y nunca devueltos, encontrados, usados... y todos ellos se diferencian entre sí. Los primeros pertenecen a su dueño como perros fieles a su amo, los segundos no son una posesión y permanecen en tu estantería contra su voluntad, posiblemente olvidados por su comprador original, recluidos como rehenes de tu egoísmo como ser desaprensivo. Sin embargo, son el tercer y cuarto tipo de libros los que me interesan; aquellos cuya procedencia nos resulta una incógnita siempre irresoluta. Los compras, viejos y manoseados, leídos y quizá incluso trabajados, sin saber de dónde vienen ni cuáles han sido los anhelos y aspiraciones que sus lectores depositaron sobre ellos. Permanecen en los anaqueles de tu biblioteca fríos y distantes y, aunque no dan problemas y agradecen tu cuidado, no dejan de sembrar en ti cierta prudencia y respeto. De hecho, puedes haber pagado por ellos el precio de tres o cuatro riñones juntos que, por muy alta que sea la suma, jamás los considerarás de tu propiedad.

            Ningún lector empedernido puede negar que los libros contienen el alma, no sólo de quién los escribe, sino de todos aquellos que sueñan, imaginan y viajan a través de sus líneas y depositan en ellos, con su ilusión, parte de sí mismos. Por tanto, dicte lo que dicte el sentido común (que, como bien dicen, es el menos común de los sentidos), resulta innegable nuestra responsabilidad como creadores de entidades que sienten, piensan y existen en la misma medida en la que nosotros lo hacemos. Como Dios, creamos a nuestra imagen y semejanza y castigamos a nuestra propia creación vetándole la entrada a nuestro «paraíso» terrenal, que solemos llamar «realidad».


            Me gusta imaginar el mundo como una gran matrioska de posibilidades y niveles infinitos donde todos formamos parte de un imaginario colectivo de imaginadores que, con sus propios dedos, moldean cada ápice del mundo y completan, a través de lo que hoy explicamos como «ciencia», todas y cada una de las indeterminaciones que, hasta el momento, se nos antojaban inexplicables. Me gusta imaginar que la complejidad y el misterio del universo se resuelve en el componente más humano que nos articula y nos distingue del resto de la creación. Me gusta imaginar que esa pulsión de rebeldía del personaje que cambia todos los patrones de su escritor no es más que la lucha inexorable contra un destino ya prefijado: un intento, en ocasiones fallido y en otras exitoso, de demostrar al autor, al sino, que estaba equivocado. A mis ochenta años me gusta imaginar, quizá sea ese mi problema. Se van a tener ustedes que  aguantar: estoy demasiado mayor como para preocuparme de las cosas realmente importantes.


A veces leo cosas. Juro que las leo. No las repaso por encima; no al menos en un principio. Lo
intento. Solo me pasa con algunas, a veces con las mejores. Me esfuerzo y, con saña, intento comprenderlas y llegar a ellas, sin éxito. No sé si es que soy estúpida o si es que el mundo está ciego y majara.

En cualquier caso, siempre termino concluyendo que el mundo no se ha vuelto loco; que la loca soy yo. Que la vida es objetiva y justa y que es la ignorancia la que me hace ver pájaros donde no los hay. Que el problema es mío (maldito egocentrismo) y que en realidad no lo es porque, de todos es sabido, la vida es mentira.

Da igual cuántos párrafos escriba y cuantas conclusiones contradictorias extraiga. Mañana seguiré preguntándome lo mismo.